El origen de la corrupción

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La corrupción se ha vuelto un tema común en nuestros días, hablamos de ella como esa realidad que como sociedad nos está destruyendo tal cual veneno de víbora a su presa, lentamente atacando nuestros nervios recorriendo todo nuestro sistema hasta llegar al corazón y en ese momento de manera fulminante terminar con nuestra existencia.

Hemos sabido de este mal desde hace muchos años y ahora con todo el acceso que tenemos a la información y medios sociales, se ha hecho más evidente.

El denominado cáncer de la sociedad está cumpliendo su cometido: acabar con nosotros.

Cuando hablamos de corrupción lo primero que se nos viene a la mente es la esfera política: desde el presidente, pasando por los gobernadores, senadores y diputados, hasta llegar con muchas empresas que están coludidas con ellos. Adjudicamos a ellos ser responsables del origen de nuestros males; sin embargo, lejos estamos de comprender todo el problema. Utilizando la analogía del iceberg, ellos son la parte visible, ese pequeño porcentaje que está a la vista de todos; y como en el iceberg no alcanzamos a ver la mayor parte de su cuerpo que se encuentra sumergido en las profundas y oscuras aguas.

Pero, ¿De dónde proviene dicho mal?

La importancia de dicha pregunta y por ende de su respuesta, radica en que conociendo el origen del mal podemos trabajar en solucionarlo; sin ese conocimiento nos será inútil cualquier lucha, ya que solo nos hemos dedicado a atacar los frutos de la corrupción, sin poder quitar aquello que alimenta dicho árbol maldito. Quitándole su fuente de vida poco a poco se debilitará hasta terminar desapareciendo.

Si nos detenemos un poco a observar cómo es posible que dicho mal pueda atacar a la persona con una posición económica abundante así como al carente de todo dinero, tendríamos que pensar que el origen de este cáncer se encuentra en el núcleo de la sociedad, mismo que es la familia.

Al hablar de familia no quiero generalizar que en todas ellas se origina dicho cáncer, ya que es más probable desarrollar dicho mal en aquellos hogares donde la ausencia de valores y una formación del deber ser es nula.

Es decir, como sociedad hemos dejado de ocuparnos de una correcta formación ética de los niños que tenemos en casa. Algunas personas podrán decir que a sus hijos si les enseñan las cosas que están bien y que están mal, y en teoría esto es correcto; sin embargo, en la práctica es dónde radica el problema. Por ejemplo, le podemos decir a un niño ¡no mientas!, mentir es “malo”, y horas más tarde suena el teléfono y le decimos, quien sea dile que no estoy. En este caso nos estamos contradiciendo en la práctica.

 Así mismo cuando en cualquier establecimiento nos dan cambio de más y en lugar de regresarlo lo guardamos en nuestra billetera y los niños nos ven, les estamos enseñando como “son” las cosas sin importar que pasemos horas y horas repasando que es incorrecto robar. Otro ejemplo de esto son las famosas mordidas, en casa decimos, ¡está mal darle mordidas a los servidores públicos!, pero un día el transito nos detiene y lo primero que hacemos es dar una “sor juanita”. Dichas acciones son vistas por todos y los más vulnerables son los niños que al mirarlas registran en su cerebro que dichas acciones son correctas; mismas que después replicarán en sus vida una y otra vez. Podemos decir que la piratería es mala, sin embargo, comprarlas y llevarlas a casa porque son más “baratas”.

Podemos citar aquí muchos más ejemplos del cómo vamos corrompiéndonos desde pequeños pero creo que para expresar lo que busco son suficiente los ya usados.

La solución al mal de la corrupción está en nuestras manos, debemos reconfigurar y volver a unir la teoría de los valores con su práctica, la ejemplificación de estos en nuestra vida real traerá como consecuencia la asimilación plena de los mismos de tal manera que se vuelvan nuestro deber ser.

Así cuando las nuevas generaciones crezcan y se encuentren ante situaciones en donde tengan que decidir entre corromperse o hacer lo correcto, elijan siempre la segunda.

Hablamos pues de una reconfiguración de la idiosincrasia que nos hemos jactado de adoptar “el que no tranza no avanza”. Si como sociedad no nos comprometemos a hacer las cosas bien, tanto en la teoría como en la práctica, nunca podremos eliminar la corrupción. Podremos seguir encarcelando a los corruptos, pero siempre surgirán cada vez más.

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Opinión Santana Rodríguez

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